sábado, 27 de septiembre de 2008

Querido Diario:
El cansancio me ha dominado este día de una manera muy cruel, después de un duro partido de futbol lo único que quiero hacer es descansar un poco, ya que mañana posiblemente viajemos porque mi padre hizo solicitud y prueba en una estación de bomberos que queda en la capital, la verdad yo no quiero que lo acepten porque eso implica cambiar de pueblo a ciudad y aparte es muy arriesgado ese trabajo, pero ya se verá mañana.
¡Qué calor! No pude soportar más estar acostado en mi cama y menos tapado con mi cobija con dibujos de osos, así que decidí levantarme e ir por un vaso de agua con hielo para tratar de quitarme ese calor infernal. Pasé por los estrechos pasillos de la casa que hacían que el calor me sofocara aún más, parecía que el calor se estaba volviendo parte fundamental de mi vida, todo por alguna extraña razón ya que afuera en la calle hacía un viento muy fuerte y frío y aún así sentía calor, ¡qué raro!
Por fin llegué al comedor y me senté a almorzar pero noté algo raro, había un gran silencio sobre la mesa.
– Padre, Madre ¿qué les sucede, por qué tan callados? – les pregunté muy sacado de onda.
– Hijo, - me respondió mi padre con un tono de preocupación, como cuando van a dar una mala noticia en una telenovela – lo que pasa es que aprobaron mi solicitud en la estación de bomberos de la capital, así que nos tendremos que ir de aquí.
– Bromeas ¿verdad? – le dije a mi padre, ya que no quería irme de mi pueblo para nada.
– No hijo, es verdad – en ese momento sentí que perdía todo lo que quería – es una muy buena oportunidad para mejorar nuestra vida, económica y socialmente – sólo me quedé en silencio y me retiré de la mesa.
¿Qué podía hacer? Era decisión de mis padres, no mía. Lo único que hice fue empacar mis cosas, ropa, mi balón de futbol (a punto de poncharse), y todos mis discos de música con mis grupos favoritos de rock y metal como MetallicA, Trivium, Avenged Sevenfold, Pantera y algunos otros, pero esos eran los más importantes.
Llegó el momento, subí mis cosas a la camioneta y partimos rumbo a la capital, donde un destino muy diferente al que pensaba me estaba esperando.
Después de unos meses de vivir allá y de que mi papá trabajara, nuestra economía comenzó a mejorar considerablemente, cosa que alegró a mis padres, también a mí pero no del todo ya que prefería estar en mi pueblo, la ciudad no era para mí, lo supe desde que llegué a ella. Todo parecía ir bien, y como la vida no es siempre color de rosa, sucedió lo que me temía, mi padre tuvo un accidente mientras intentaba apagar un edificio en llamas, pero no era sólo un edificio sino una fábrica de juegos pirotécnicos la cual hizo una explosión, atrapando a mi papá con un bloque de cemento que le cayó en la espalda, le provocó un desmayo y tantito peor, la pérdida del movimiento de sus piernas, pero después de un diagnóstico médico supimos que se podía recuperar.
Creo que nada podía ser peor que eso, por algo yo no me quería mudar a la ciudad pero no fue mi decisión, lo único bueno de ese accidente fue que regresamos al pueblo a vivir tranquilamente de nuevo. Había cosas nuevas pero lo que más me llamó la atención fue que teníamos nuevos vecinos, pero mejor aún, una vecina que me cautivó con su tierna mirada y su dulce sonrisa. Tal vez mi vida de aquí para delante parezca una absurda y patética historia de amor, pero no lo es por completo. Como buenos vecinos que somos les propuse a mis padres ir a visitar y conocer a los nuevos integrantes del barrio, aunque en términos prácticos esos éramos nosotros. Tocamos la puerta y salió un señor, éste era alto como un poste de luz, muy delgado, más bien muy flaco y al parecer estaba desnutrido, tal vez era algún tipo de trabajador de los vecinos pero al decirle el asunto de nuestra visita nos invitó a pasar y nos presentó a su familia; me equivoqué, él era el papá de aquella muchachita que vi, aunque no tenían parecido, yo supuse que era adoptada pero en realidad eso no me importaba. Mientras charlábamos en la sala, pedí permiso de entrar al baño, entonces el señor le habló a su hija.
– Monse, hija – primer paso, conseguí su nombre – muestra al joven…
– Nacho señor, me llamo Nacho – le dije.
– Muéstrale al joven Nacho donde queda el baño, por favor.
– Está bien padre - le contestó Monse con una voz muy dulce, definitivamente me había enamorado de ella.
Seguí a Monse, al llegar al baño entré, me quedé en silencio y salí lo más rápido posible, la alcancé para hablarle.
– ¡Oye! ¿Cuál es tu nombre? – le pregunté como si no hubiera oído a su papá, buena manera de comenzar una conversación.
– Me llamo Monserrat, pero me dicen Monse ¿y tú?
Eso se me hizo raro, pero en fin, le dije mi nombre titubeando, estaba muy nervioso, primero le dije que me llamaba Pancho y luego Nacho. Después de eso comenzó a llorar en silencio, le pregunté que si estaba bien y me dijo que sí pero que ya no importaba, pero como soy muy insistente le volvía a preguntar hasta que me contestó. Me dijo que tenía un hermanito que había muerto dos semanas atrás y se llamaba como yo, entonces se puso a llorar y aproveché el momento para abrazarla. Que buen momento para recordarle eso, aunque no gozo de la desgracia ajena, pero sirvió para acercármele. Después de un rato de plática logré conocerla un poco y me di cuenta de que era como yo, parece que no tiene problemas porque los oculta muy bien. Llegó el momento de terminar la visita y me despedí de ella, le dije que tratara de olvidar esa terrible pérdida, y cosas así y que la vería al día siguiente.
Pasé más de dos meses yendo a su casa a visitarla e invitarla a salir a dar la vuelta al pueblo, aprovechando para conocerla más y así fue.
Mi vida parecía una tortilla en un comal, ahora la tortilla se quedaría de ese lado del comal, ya que mi padre se había rehabilitado por completo y lo celebramos con una fiesta donde estuvieron presentes los nuevos vecinos. Mientras todos estaban celebrando en el patio, Monse y yo estábamos en la sala de la cas platicando de cosas románticas. Todo sucedió tan rápido, de pronto estábamos besándonos sin darnos cuenta. De pronto dejamos de besarnos…
– ¡Perdón Nacho! – me dijo preocupada.
– ¡No, perdóname tú a mí! No quise hacerlo – utilicé esa típica y clásica frase de las telenovelas y al parecer funcionó, ya que me dijo que estaba bien a pesar de que yo le insistí que me perdonara.
Después de eso ella se retiró y pensé que la había perdido para siempre, luego me fui a dormir a mi cuarto e intenté dormir pero comencé a sentir un calor sofocante, eso me hizo recordar el día en que nos mudamos a la ciudad, y como pude me dormí.
Al día siguiente me desperté con esa misma sensación de calor, salí a la cocina y no había alguien ahí, entonces me asomé por la ventana de la calle y miré que mi padre arreglaba unas de sus antiguas cosas de bombero, entonces salí corriendo y me di cuenta que el bosque del pueblo se incendiaba, le dije que no se fuera, que no quería otro accidente pero no me hizo caso, entonces volvió por agua para irse, en eso le grité que me iba a ir con él pero mi madre me lo impidió y me encerró en la casa, de esa manera no me pude salir y peor aún, no pude ver a Monse.
Al siguiente día, fui a casa de Monse pero no estaba, me dijo su mamá que se escapó con su papá después de oírte decir que irías. Entonces regresé a la casa y mi madre estaba llorando porque mi padre había muerto quemado en el bosque, no soporté la noticia y en ese mismo instante me lancé en mi bicicleta al bosque para buscar su cuerpo, había dos que tres cuerpos aún, pero irreconocibles, así que estaba a punto de darme por vencido cuando encontré un cuerpo con una cadena de plata igual a la de mi padre, por lo tanto deduje que era su cuerpo y me puse a llorarle amargamente. De pronto sentí una suave mano en mi hombro y al voltear vi la hermosa imagen de Monse, me dijo que no llorara más, que tratara de olvidar esa terrible pérdida, mismas palabras que yo le había dicho. Cundo menos acordé ya no la estaba ella conmigo. Entonces regresé al pueblo y la busqué en su casa, su madre, entre su triste y penoso llanto me dijo que su hija había muerto, no lo podía creer, jamás le dije cuanto la quería y ahora jamás se lo diría, así que me fui de nuevo al bosque lo más rápido que pude y encontré abrazado a un árbol el cuerpo quemado de Monse, un poco reconocible, con una navaja encajada en el mismo árbol y en éste estaba grabado dentro de un corazón “Monse y Nacho”. Definitivamente la tortilla se había volteado de nuevo para quedar así para siempre en el comal.
Después de un año de esos acontecimientos que marcaron mi vida de forma drástica para siempre, me dispongo a dormir tranquilamente y esperar un día nuevo pero no mejor, ya que eso es imposible…
– ¡Nacho, despierta hijo! - ¿qué pasó? Me pregunto ¡es mi padre! – Tenemos que darte una noticia.
– Sí, ya voy padre – ¡qué bien! Todo fue sólo un sueño, más bien una terrible pesadilla.
Voy caminando por los angostos pasillos de la casa, no siento calor, pero siento una gran felicidad, paz y tranquilidad por haber despertado de ese mal sueño. Llego a la cocina y comienzo a sentir calor de nuevo, pero eso a mi parecer es una coincidencia, ya que el día está muy soleado y mi mamá prepara el desayuno en la hornilla.
– ¿Qué pasó padre? – le pregunto impaciente.
– Mijo, – me dice mi mamá – tenemos una buena noticia, tu padre fue aceptado en la estación de bombero de la capital…

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